Potsdam, 30 años después de la Reunificación Alemana
Cuando se hizo efectiva la Reunificación Alemana en 1990, Potsdam fue una de las ciudades de la antigua Alemania Oriental que más se vieron beneficiadas por el cambio. La ciudad, a sólo 30 km. de Berlín, había quedado absolutamente desfigurada durante la Guerra Fría. Restos del muro, torres de vigilancia y alambradas tuvieron que ser retirados en los ‘90 para que la Fundación de Palacios Prusianos y Jardines de Berlín-Brandeburgo comenzase el trabajo de restauración y paisajismo que han hecho de Potsdam lo que la ciudad es hoy.
Ya Alemania Oriental intentó en septiembre de 1989 que Potsdam fuera Patrimonio Cultural y Natural de la UNESCO, pero el muro cayó apenas dos meses después. Lo logró finalmente en 1990, lo cual se ha convertido en marca de calidad durante treinta años, elogio para la ciudad y obligación para todo el que visita Berlín.
Vistas del Palacio de Sanssouci en Potsdam | Foto de cultourberlin
Sólo una cuarta parte de Potsdam está urbanizada, siendo sus bosques, parques y lagos sus principales atractivos para muchos. Su privilegiada ubicación a orillas del río Havel la convirtió en el lugar elegido por la monarquía prusiana para hacer de ella su residencia de verano. Tras haber evolucionado de lugar de caza a ciudad de guarnición, Potsdam alcanzó durante el reinado de Federico II el Grande su máximo esplendor cultural: la concepción del Palacio y Jardines de Sanssouci, fuera de los muros de la ciudad, convirtió a Potsdam en un espacio para la cultura y las artes. Filosofía y música se dieron la mano en la capital de Brandeburgo gracias a Voltaire, Bach, Mozart o Beethoven durante uno de los siglos más relevantes para la historia de Prusia.
Jardines del Parque de Sanssouci | Foto de cultourberlin
Pero más allá de Sanssouci, la belleza y el interés histórico y cultural de Potsdam son resultado de la evolución de la ciudad durante el s. XX. Desde 1912 se ubicaron en Babelsberg los estudios de cine a gran escala más antiguos del mundo, convirtiendo a esta ciudad en el mayor centro de producción cinematográfica de Europa durante los años ‘20. La productora más potente del cine alemán, la UFA, ubicó allí su sede contribuyendo a crear un legado cinematográfico sin precedentes. Fue el fin de la Segunda Guerra Mundial lo que cerró el capítulo del cine clásico para Alemania. Durante la Guerra Fría, los estudios quedaron en territorio oriental y pasaron a control estatal por parte de Alemania del Este.
El Palacio de Cecilienhof y la conferencia de Potsdam
Se fue dibujando así un nuevo paisaje en torno al Parque de Babelsberg y el río Havel, un entorno ahora marcado por las zonas fronterizas surgidas como resultado del reparto que Churchill, Truman y Stalin habían decidido para Alemania en 1945. Las líneas del mundo de posguerra se habían trazado en la conferencia que tuvo lugar en el Palacio de Cecilienhof, una de las residencias de la antigua monarquía que había quedado muy próxima al Glienicker Brücke, puente empleado en varias ocasiones como escenario de intercambio de espías durante la Guerra Fría.
Palacio de Cecilienhof en Potsdam | Foto de cultourberlin
La exposición que se inauguró en Junio en el Palacio de Cecilienhof acerca de la Conferencia de Potsdam, se podrá visitar hasta el 31 de octubre de 2021.
Como resultado de todo ello, Potsdam hoy es una variada mezcla de estilos y referencias culturales. Sus calles se mueven entre la arquitectura militar, la influencia holandesa, las plazas barrocas y las referencias soviéticas; del rococó francés al estilo italiano, de la tradición a la modernidad. Treinta años después de la Reunificación Alemana, Potsdam es una compleja mezcla de pasado y presente que trata, sobre todo, de mirar al futuro.
Barrio Holandés de la ciudad de Potsdam | Foto de cultourberlin
Celia Martínez García| Guía local de Berlín y Brandeburgo
Se cumplen 75 años de la Conferencia de Potsdam, la histórica reunión que perfiló la política internacional durante décadas y decidió el futuro de Alemania tras el nazismo.
En los posados para la prensa, los líderes participantes de la Conferencia de Potsdam aparecen sentados en sillones de mimbre, adecuados para el entorno de jardines en que se celebra la reunión. Iósif Stalin, líder de la Unión Soviética, desprende satisfacción. Luce una chaqueta militar de un blanco intenso, con botones dorados y charreteras, con un cuello mao que no terminaba de parecerle cómodo. Pero no hay rastro de incomodidad en su actitud.
El georgiano, dictador de un régimen criminal, despliega con autoridad los brazos, las rodillas apuntan hacia afuera, regala a los fotógrafos una expresión supuestamente afable. ¿Quién diría que ya sabe de la existencia de la bomba atómica y que además la tienen los Estados Unidos?
Junto a él, Harry Truman, que solo llevaba al mando 82 días. Vicepresidente de Franklin Delano Roosevelt, asumió el cargo porque Roosevelt había muerto de modo repentino, a consecuencia de una hemorragia cerebral, en abril de 1945.
Stalin, “honesto… Pero listo como el demonio”
Como su predecesor, Truman quería llevarse bien con la Unión Soviética y no le costó mucho trabajo: el primer día de la conferencia ya estaba fascinado por Stalin.
Hijo de un granjero y ganadero, nacido y criado en Misuri, el recién llegado presidente de los EE.UU. anota en su diario (con errores de concordancia y despistes gramaticales y ortográficos) que veía al líder soviético «honesto… Pero listo como el demonio». Confundió la brusquedad de Stalin con franqueza y su interés por escuchar, con compromiso. Desconfiaba sin embargo del «listo» de Churchill, al que veía como un engatusador.
A la derecha de Truman, Churchill sujeta con desgana la gorra militar del ejército británico. A pesar del desgaste y el cansancio de la guerra, el primer ministro del Reino Unido conservaba el entusiasmo que le producía gobernar y manejar asuntos importantes. Pero el viejo dirigente estaba en horas bajas. Dudaba de Truman, lo veía demasiado blando con los comunistas. Había que imponerse o Stalin se comería Europa.
La derrota electoral (y la tristeza) de Churchill
El británico afrontaba la reunión con cierta tristeza, pensando en las negativas y frustraciones que le esperaban. Además, le preocupaba el resultado de las elecciones. Estaba en lo cierto, perdió y no vio culminar la conferencia. Churchill, líder del Partido Conservador, fue sustituido en Potsdam el 26 de julio por el laborista Clement Attlee.
Stalin, Roosevelt y Churchill se habían reunido en dos ocasiones antes de la caída de Hitler. Sellaron su alianza contra el nazismo en 1943, en la Conferencia de Teherán. En la de Yalta (febrero de 1945), con la victoria a la vista, comenzaron a negociar el destino inmediato de Europa tras la guerra.
La reunión en Potsdam perfiló la Guerra Fría. Era la última oportunidad para dejar las cosas claras. La camaradería debía prevalecer por el interés de todos, pero las ambiciones cambiaron: en Yalta avistaban la victoria; en Potsdam, ya eran vencedores. Habían que dejar claros los objetivos y consecuencias en la conferencia de Potsdam.
El palacio ‘disfrazado’ de casa de campo inglesa
Alemania había firmado su rendición el 8 de mayo de 1945. El 5 de junio, los países ganadores se hicieron con la soberanía. Stalin propuso la ciudad de Potsdam, muy cercana a Berlín y ni mucho menos tan destruida, como lugar para celebrar una conferencia que condicionó la política internacional en las décadas siguientes.
El encuentro tuvo lugar del 17 de julio al 2 de agosto de 1945 en el Palacio de Cecilienhof, una de las cosas que ver en Potsdam es esta hermosa pero fallida residencia real que el Káiser Guillermo II construyó para su hijo, Guillermo príncipe de Prusia, el heredero que nunca reinaría.
Bautizada así en honor a la mujer del príncipe (Cecilia de Mecklemburgo-Schwerin), la residencia de la pareja aspirante al trono no traía a la memoria colectiva tiempos felices y había sido polémica por haberse construido durante la I Guerra Mundial: de 1914 a 1917. Tal vez como intento de disimular la ostentación, no parece un palacio, sino una casa de campo estilo Tudor de la campiña inglesa.
El gran hall de Cecilienhof se convirtió en la sala central de la cumbre, con una mesa redonda de 3,5 metros de diámetro, fabricada para la ocasión por la empresa de muebles Lux de Moscú. Allí se llevarían a cabo los acuerdos de la Conferencia de Potsdam.
¿Qué pasaría con Alemania tras la derrota? Los tres líderes ratificaron la división del mapa alemán en cuatro zonas de ocupación, ya diseñadas en Yalta. Habría un sector soviético, uno estadounidense, uno británico y otro francés. A Francia, excluida de las negociaciones —Charles Degaulle no tenía una buena relación con los EE UU ni con el Reino Unido—, se le otorgó una zona de ocupación para reconocer su papel decisivo en el avance de las tropas aliadas durante la guerra.
Entre las medidas tomadas en la Conferencia de Potsdam, los alemanes debían dejar atrás el nazismo con un programa de reeducación. Había que buscar a los responsables de los crímenes nazis para juzgarlos; desmilitarizar el país eliminando o controlando la fabricación de material que pudiera usarse con fines bélicos, revertir las anexiones territoriales de los países ocupados en el avance nazi…
Otro de los puntos importantes de la Conferencia de Potsdam, y tema espinoso, era las fronteras con Polonia, arrasada por Hitler y también víctima de la ambición de Stalin.
Los líderes establecieron la frontera polaca en la línea Óder-Neisse. La Unión Soviética no solo se quedaba con la parte oriental de Alemania, que correspondía a su zona de ocupación, sino a los territorios polacos que habían sido alemanes.
Además, Stalin había construido un gobierno procomunista en el territorio y estaba decidido a convertir Polonia en un satélite de la URSS. Muy a pesar de los Estados Unidos y del Reino Unido, con cierta vergüenza incluso, a Occidente no le quedaba otra para seguir negociando que sacrificar Polonia —que, para colmo, había sido su aliada— y aceptar el gobierno títere impuesto por la Unión Soviética.
“Los niños” atómicos que EE.UU lanzó sobre Hiroshima y Nagasaki
El 16 de julio de 1945, Truman recibió en Potsdam un telegrama con este texto: “Los niños, nacidos satisfactoriamente”. Era la confirmación de que a las 5:30 de ese día, en Alamogordo (Nuevo México) había tenido lugar con éxito el primer ensayo atómico de la historia.
Tenían un arma nueva, incontestable. También un frente de batalla pendiente, el del Pacífico, con Japón, que había atacado en diciembre de 1941 a los EE.UU. en la base militar de Pearl Harbor (Hawái) y provocado así la entrada de los estadounidenses en la II Guerra Mundial.
El ejército imperial comenzó el siglo XX invadiendo Manchuria, Taiwán y Corea. Los planes de engullir China y someter a la población; así como la ayuda económica y bélica que prestaba la URSS a China habían llevado a Japón a aliarse con Hitler en 1936.
Ultimátum a Japón desde Potsdam
Los EE.UU. habían luchado por tierra, mar y aire en el Pacífico y durante la celebración de la declaración de Potsdam estaban a punto de la victoria, pero sus enemigos no se habían rendido de manera oficial y los estadounidenses exigían que así fuera.
El 26 de julio, Truman, Churchill y Chiang Kai-shek (representante de China, no presente en la conferencia) hicieron pública la Declaración de Potsdam, un ultimátum a Japón para rendirse sin condiciones. La Unión Soviética no tomó parte en el documento, ya que se mantuvo neutral en la guerra contra Japón.
No hubo respuesta desde Tokio. La consecuencia fue el lanzamiento de las bombas atómicas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki el 6 y el 9 de agosto. Murieron más de 250.000 personas. A día de hoy aún se desconoce con precisión cuántos murieron de cáncer o sufrieron defectos de nacimiento a causa del ataque.